Australian Road Trip (V). De Airlie Beach a Cairns.

Me bajé del velero y tenía cuatro días para coger mi siguiente barco. En esos cuatro días pasé de la playa a la montaña, de la soledad más absoluta a la compañía. Cuatro días muy diversos.

Tras desembarcar y servir de taxista a varios de mis compañeros de velero, me puse en marcha hacia el norte. Me dio pena no compartir una última cerveza con mis compis argentinas, pero las distancias de este país me abruman, así que de nuevo, carretera y manta.

De todo lo que se puede perder… esto no

Fui a un camping en un parque natural cercano a Townsville, Aligator Creek. Pese al nombre, no había ningún cartel que advirtiese de cocodrilos, así que tras montar mi tienda con el dispositivo antilluvias, me di un bañito en el río. Yo sola con todo el río para mí (Figura 1), un lujo. Luego descubrí que el camping tenía duchas, pero mucho mejor el río, dónde va a parar.

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Figura 1. El río de los caimanes sin caimanes.

El camping no sólo disponía de duchas, sino de las perennes barbacoas acompañadas de una hornilla. No sé si hasta ahora os he explicado mi método de alta tecnología para cocinar de camping. Mi método consiste en comerte una lata de atún el día uno, guardarte la lata y luego rellenarla con alcohol de quemar. Con lo que encuentres a mano te organizas un soporte para tu olla o sartén y pones la lata debajo. Como comprenderéis, encontrar una hornilla me hizo mucha ilusión. Cogí mi comida y allí que me fui. Cuando llegué, eso no había quien lo encendiese… bueno, pues vuelvo al coche a por mi “cocina”.

En este momento, en los escasos treinta metros que separaban mi coche de la hornilla, perdí lo peor que podía haber perdido. Y eso que la historia del cargador deja el listón muy alto. En ese espacio perdí las llaves del coche. Os describo lo que tenía fuera del coche, porque todo lo demás estaba dentro. Tenía fuera: la tienda con su plástico, el libro electrónico, un cuaderno, comida y una linterna. Con la linterna me puse como una loca a hacer el camino entre el coche y la hornilla, la noche se me echó encima y las llaves no estaban por ningún lado.

Resignada me metí en la tienda esperando que la luz del sol me iluminara al día siguiente. Por mucho clima tropical que sea éste, dormir sin mis cartones y sin ningún tipo de saco da mucho frío. Utilicé como almohada un paquete de arroz. La situación era de lo más penosa, cuando encima se pone a llover como si nunca en la vida hubiese llovido. Yo, que la acampada me despierta la imaginación, empecé a imaginarme mis llaves arrastradas por un río de agua.

Estaba congelada y cabreada conmigo misma a partes iguales. Pasé una noche muy mala, la verdad. A las cuatro de la mañana, que empezaba a clarear, salí de mi tienda en busca de mis llaves. Ya no llovía, y allí estaban: relucientes al lado del coche, el cual pude abrir y cogerme el saco gordo a ver si entraba en calor.

No todo va a ser mala suerte

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Figura 2. ¿quién me da a mí mi Kiss?

En general, en los campings de los parques naturales me estaba tangando de pagar la cuota que tenían establecida. Sobre todo, porque en caso de que me pillaran tenía la excusa perfecta de que en el camping no había cobertura y no sabía cómo pagarla. En el norte de Queensland son muy cucos y en el camping te plantifican una cabina para que no haya escapatoria. Como eso del teléfono me pareció sospechoso, decidí pagar los 6$.

Hice bien, a la mañana siguiente allí estaba el personal comprobando que hubieramos pagado. ¡Uf! por los pelos me libré de una multa después de haber dormido fatal por falta absoluta de medios. Ya que estaba allí le pregunté como funcionaba la hornilla, porque a todo esto, entre el sofoco de las llaves y la falta de fuego, no había ni cenado.

¡Compañía! Recogiendo alemanes de la carretera

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Figura 3. Catarata Wallaman por arriba

Me fui a Townsville a tomarme el desayuno que me merecía después de tanta desgracia. Me di una vueltecilla por el pueblo y poco más (Figura 2). A la salida de esta ciudad me encontré a un autoestopista y lo recogí. Conducir más de 6000 km sola es un poco duro. Es como hacerse un año de terapia psicológica, mucho más rentable, y con canguros por la ventana. Así que no me lo pensé dos veces, recogí a ese pipiolo de alemán de 19 años.

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Figura 4. Catarata Wallaman de lado.

Entre los dos decidimos que mejor que ir a otra playa, ir a ver la catarata más alta de Australia, la “Wallaman fall”. 250 metros de caída de agua. Muy impresionante (Figura 3). Nos quedamos en un camping que hay allí donde la barbacoa también tenía hornilla, la cual ya sabía encender. Lo dejé impresionado con mi dispositivo antilluvia. Él quería dormir en su hamaca, pero le aconsejé que no fuera tonto y compartiéramos tienda, que seguro que iba a llover, efectivamente llevaba razón. Con la comida de los dos hicimos lo más decente que he comido estando de acampada, y él me impresionó a mi explicándome que las barbacoas ubicuas se pueden usar como paellera si te consigues un corcho para el agujero.

Al día siguiente volvimos a la catarata, esta vez para admirarla desde abajo (Figura 4). Es algo complejo porque en un momento dado las rocas están muy muy resbaladizas y tienes que ir como si fueras Spiderman. Bajar a ver la catarata es muy divertido, subir de nuevo ya no tanto. Menos mal que había practicado con las escaleras de las Blue Mountains. Tras recuperar el aire, seguimos con nuestro camino hacia Cairns.

Llegamos a Cairns y nos despedimos, yo ya tenía un hostal reservado y él se iba a quedar con otros amigos. Le dejé en herencia mi saco encontrado en la basura y continuamos cada uno nuestro camino.

Pero desde ese momento dejé de viajar sola.

 

 

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