Vida turista. Velero en las Whitsundays.

Llegué a Airlie Beach para cobrarme el primero de mis regalos de Reyes. Dos días y dos noches en un velero por el archipiélago del las Whitsundays.

Ante la duda… lujo

Por recomendación de Bea, tiré la casa por la ventana y en vez de cogerme el viaje más económico para ver estas islas me fui en un velero a dormir un par de días. La muchacha de la agencia donde lo contraté me recomendó el British Defender porque la tripulación era más simpática.

Es caro, como todo por estos lares, pero está muy bien, la verdad.

Cuando vi el barco (Figura 1) pensé: “ni de coña cabemos ahí veintiséis personas”. Pero el espacio está muy bien aprovechado.

Figura 1. Nuestro barquito velero.

Figura 1. Nuestro barquito velero.

Problemas de colecho

Yo tenía que dormir en una cama de “matrimonio” con alguien desconocido. A la desconocida nadie le había avisado, no como a mí, de esto de los compañeros de lecho al azar.

Por lo visto, nunca en su vida había compartido cama, no sé qué tipo de infancia tienen los alemanes para que nunca hubiera tenido que compartir cama con su hermana, y no voy a hablar del resto de veces en las que se puede compartir cama. El caso es que le incomodaba tener que dormir conmigo, yo estoy muy ofendida por ello. Dormí intentando ocupar el menor espacio posible, y cuando me desperté por la mañana vi que a mitad de noche me había abandonado, y yo haciendo el tonto pegada a la pared teniendo una cama grande para mí sola.

Al día siguiente me conseguí otra compañera de lecho mucho mejor. (Figura 8. Cris, no llega a tu altura, tranquila)-

Día 1: Improvisación

Figura 2. Piscina... ¿abandonada?

Figura 2. Piscina… ¿abandonada?

El primer día, supuestamente, íbamos a hacer snorkel, pero estaba nublado y no había mucha luz, así que decidieron que mejor nos íbamos a un resort abandonado a hacer una caminata.

La sensación de pulular por un hotel abandonado en la selva está entre peli de miedo y videojuego. Después del paseo, con este clima tropical, estábamos que nos queríamos morir del calor.

En general, estando en el mar eso tiene la fácil solución de tirarse al agua, pero aquí tirarse al mar es como si te tiraras a una piscina de ácido. Por lo visto, están todas las medusas mortales y todos los cocodrilos esperando a que te tires.

Estando en un hotel como estábamos buscamos la piscina y allí que nos refrescamos (Figura 2). Incluso en actividades turísticas concertadas continuo con mi vida clandestina.

Supuestamente, tras el bañito íbamos a desplegar las velas del barco para navegar, pero una muchacha se clavó una astilla muy grande y sacársela con el barco inclinado era muy complicado. Así que el primer día todo fueron planes fallidos.

Figura 3. La inmensidad blanca bajo sombrero rojo

Figura 3. La inmensidad blanca bajo sombrero rojo

Día 2: Paraísos

Figura 4. Whitehaven desde arriba

Figura 4. Whitehaven desde arriba

A la mañana siguiente nos esperaba la joya de la corona de estas islas. La playa de Whitehaven (Figura 3) . El nombre está muy bien puesto la verdad. Una arena blanquísima, casi cegadora, en una playa de película. Tan de película que es escenario de la última peli, aún por estrenarse, de “Piratas del Caribe” (Figura 4).

Figura 5. Con nuestros bañadores sexis, sexis, sexis

Figura 5. Con nuestros bañadores sexis, sexis, sexis

Allí, embutidos en nuestros bañadores decimonónicos para evitar el ataque de las medusas pudimos bañarnos (Figura 5) , buscar rayas y tiburones, y usar la arena como producto de belleza. Por lo visto, la arena de esta playa es la más pura del mundo mundial y muy redondita. Eso la hace muy buena para hacer peelings, quitarse la roña del cuero cabelludo y lavarse los dientes. Como las duchas en el barco estaban muy limitadas, pues a lavarse con la arena.

Navegando en condiciones extremas

Figura 6. Felices de haber sobrevivido

Figura 6. Felices de haber sobrevivido

Ese día por fin pudimos navegar. ¡Y qué navegación! Estaba lloviendo y desplegamos las velas, proceso en el que participé. El barco, como era de esperar, se inclinó. Hasta aquí todo dentro de la normalidad.

Al poco de tener ambas velas a todo trapo, un viento de mas de 90 km/h (como supimos al día siguiente) nos azotó. Parte de la cubierta del barco rozó la superficie del mar y varias cosas volaron por la borda. Entre ellas una de mis dos cervezas (hay que tener mala suerte, todo el mundo llevaba packs de veinte cervezas, yo llevo solo dos y una vuela por la borda).

La mayoría de los pasajeros iban lívidos y acojonados (Figura 6). Yo tenía confianza plena en la tripulación y me lo pasé superbien.

Snorkel… ¡Mah!

La tormenta pasó, nunca llueve eternamente. Así que para calmar los ánimos nos fuimos a hacer snorkel y a ver un atardecer muy precioso (Figura 7).

Figura 7. Mira qué atardecer tan mono

Figura 7. Mira qué atardecer tan mono

Estas islas están ya en la barrera de coral, así que tenía bastante intriga con lo del snorkel. A ver, no estuvo mal, pero tanto en Okinawa como en Indonesia he visto sitios mejores. Al día siguiente también hicimos snorkel matutino y ese estuvo algo mejor.

Día 3: Navegando sin emociones

El último día para quitar el mal sabor de boca volvimos a desplegar las velas. Y nos echamos una competición con otro velero que se veía a lo lejos al cual adelantamos sin despeinarnos. Ninguna ráfaga de viento nos azotó… un aburrimiento, vamos.

Figura 8. Momento Photoshooting

Figura 8. Momento Photoshooting

La experiencia me gustó mucho. Gracias Bea por ser insistente. Mucho tuvo que ver la gente con la que coincidí. Un par de muchachas argentinas con las que me reí muchísimo, me convertí en su traductora oficial. Y por supuesto alemanes por doquier (Figura 8).

Yo estoy empezando a pensar que en Alemania regalan viajes a Australia y están intentando conquistarla por lo bajini.

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