Boquiabierta en Nueva Zelanda. De Christchurch a Dunedin.

Coincidiendo con el día en que se cumplían seis meses desde que empecé este viaje, aterricé en el país más lejano al que se puede llegar, Nueva Zelanda. Fue salir por la puerta del avión en Queenstown, en la isla sur, y quedarme boquiabierta. Pedazo de montañas que rodean el aeropuerto. Y es que si algo tiene este país, son paisajes que quitan el sentido.

Llegué a este país con un billete de entrada (a Queenstown el día 8) y uno de salida (desde Auckland el 22 del mes siguiente), eso era todo lo que sabía de mi viaje. No sabía qué había que ver, no sabía cómo iba a moverme, no sabía dónde iba a dormir. Todo estaba relegado al misterio.

Gastandome los dineros en Queenstown

Fue poner un pie fuera del avión en Queenstown y quedarme con la boca abierta por las montañas que lo rodean. Desde entonces debo haber sufrido una lesión mandibular o algo, porque no he conseguido cerrarla. Claramente, Nueva Zelanda son paisajes increíbles (ejemplo en las Figuras 5, 6, 8 y 9).

Especias

Figura 1: Detalle de la cocina, gran variedad de especias.

En esta ciudad me alojé en el mejor hostal en el que he estado nunca. Todo nuevo, habitación con vistas, una cocina que la quisiera para mi casa (Figura 1)… Decidí poner remedio a mi ignorancia sobre lo que me depararía el viaje y me metí en una agencia de mochileros. Salí de allí con una idea de las cosas más importantes para ver, un crucero por los fiordos, una visita a una cueva con gusanos fluorescentes y un viaje en helicóptero a un glaciar contratados. Así como una ranchera para alquilar en Christchurch. También salí de allí con 2100$ menos.

Queenstown es una ciudad muy, muy turística. Mucha gente la usa como base para hacer las miles de actividades que te ofrecen por los alrededores. Está rodeada de montañas y tiene un parque donde hice un gran descubrimiento: el disc golf. En el albergue me prestaron un frisbee y allá que me fui. La idea es bastante sencilla, es como el golf pero en vez de pelotas lanzas el frisbee y tienes que llegar a meterlo en una especie de cesta (Figura 2).

DiscGolf

Figura 2: Recorrido e instrucciones del juego (izquierda). Cesta objetivo (derecha).

Aquí es un deporte muy seguido y la gente es bastante profesional. Van con unas mochilas con varios discos dentro según la ocasión. En cualquier tienda de deporte llama la atención la cantidad y calidad de los frisbees que venden. Yo resulté algo patética haciendo un 25 sobre par, aproximadamente. Al menos no se me cayó al lago.

Autoestop, esa gran práctica

Autostop

Figura 3: Outfit de autoestopista.

Queenstown muy bien y muy bonito, pero yo tenía que ir a Christchurch porque un coche me estaba esperando allí. Y ¿cómo voy? En el medio de trasporte más de moda, el autoestop. Salí un poco de la ciudad andando y coloqué mi pulgar hacia arriba (Figura 3). A los tres minutos, unas muchachas me cogieron y me dejaron en el sitio bueno de hacer autoestop. En ese lugar tuve que esperar unos 15 minutos, en los que aparecieron dos autoestopistas más, para que un muchacho se ofreciese a llevarme directamente a Chistchurch (a 500 km de distancia).

De todas las veces que he compartido coche con desconocidos, este chico ha sido sin duda el más interesante. Aunque él se dedica a algo de páginas web, está muy puesto en ciencia, y estuvimos hablando de CRISPR (para que veáis el nivel). Pero también de comida y alimentos, de política, de la historia de Nueva Zelanda… me dio mil y un consejos para viajar. Y de mayor quiero ser como él, solo trabaja 15 horas a la semana, su nuevo objetivo es bajarlas a diez.

Christchurch

Figura 4: Iglesias de Christchurch.

Christchurch es conocido por un gran terremoto que sufrió en 2011. A día de hoy se ven claramente las consecuencias de dicho terremoto. La iglesia, emblema de la ciudad, está medio derruida (Figura 4, izquierda). En todas partes hay edificios en muy malas condiciones y, en general, todo está en obras. Pero… the show must go on. Que se cae la catedral, pues hacemos una de cartón (figura 4, derecha), que el centro comercial ha desaparecido, pues con unos containers nos montamos otro. Está todo lleno de estructuras efímeras para salir del paso, que la verdad es que están bastante chulas.

¡A por mi coche! Ah, pues no…

Peninsula

Figura 5: Panorámica de la peninsula de Banks.

Me fui a por mi coche, y cuál fue mi sorpresa al llegar al aeropuerto, que me había adelantado. Para ser exactos, un día. Tanto tiempo vacacional que una ya no sabe en qué día vive. El muchacho del alquiler me hizo un chanchullo. Porque en esta compañía son muy, muy chanchulleros. Me consiguió otro coche y al día siguiente podía ir a por el mío.

Con mi coche provisional fui a la península de Banks (Figura 5), que había leído que estaba muy bien. Es bonito, pero no para tirar cohetes. Pero está al ladito de Christchurch, así que me vino muy bien. Al día siguiente fui a por el coche bueno y con él enfilé la misma carretera por la que había llegado. Puse en práctica todos los consejos que me dio mi conductor.

Vida glaciar

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Figura 6: Vistas del monte Cook al otro lado de la furgoneta alemana.

Fui al lago de Taupo y allí me fui a un spa estupendo a remojarme bien en agua caliente. Luego fui a dormir a un sitio con unas vistas del Monte Cook inmejorables (Figura 6). Miento, eran muy mejorables, si un alemán no hubiera colocado su furgoneta justo en el lugar en el que me quitaba las vistas y la única mesa que había. Él tenia una mesa dentro de su furgoneta pero no le importó verme cocinando en el suelo. No se le ocurrió decirme, “hombre, usa esta mesa aunque estés invadiendo mi intimidad porque he aparcado pegadito pegadito”.

SalmonLove

Figura 7: Enamorada del salmón.

Al día siguiente disfruté del lago Pukaki. Estos dos lagos enormísimos son los lagos donde vierten las aguas los glaciares del monte Cook. Tienen ese color tan especial que sólo dan los glaciares. En el lago Pukaki hay una piscifactoría donde crían salmón alpino. También por recomendación de mi conductor me gasté los dineros y me compré dos lomos de salmón. El salmón es como el jamón, si es caro es muchísimo mejor. Es el mejor salmón que he comido nunca, en consecuencia me lo comí todo crudo (Figura 7).

Me acerqué al monte Cook, por desgracia estaba todo cubierto de nubes. Allí me di un paseo que me llevó hasta la morrera del glaciar de Hooker. El tiempo era una mierda, lloviendo y con ventolera, pero aun así mereció la pena. Las fotos que tengo son un poco churris, pero de verdad que era impresionante.

Otago, tras los pasos de la fiebre del oro

Tras estas visitas puse rumbo a Dunedin. Desde allí sale una carretera que va por la costa sur que tenía bastante buena pinta. Antes de llegar a Dunedin, visité una región de minas de oro (Figura 8). Cuando todo era pangea, las montañas que ahora vemos en Nueva Zelanda pertenecían a la misma cordillera de las montañas que sufrí en bicicleta en Tasmania y que las únicas montañas que encontramos en Australia, las snowy mountains. Así que tampoco resulta raro que los tres sitios (Victoria, Tasmania y Nueva Zelanda) hayan sufrido una fiebre del oro.

PaisajeOtago

Figura 8: Un paisaje random de la región de Otago.

Pude recorrer a pie parte de la vía de ferrocarril que se construyó para comunicar las minas. Actualmente, es una ruta de bicicleta que tiene muy buena pinta (la Otago central rail track). Y en Saint Bathans pude visitar unas antiguas minas. Merece muchísimo la pena desviarse para ver este sitio (Figura 9). Era la única por ahí paseándome por esta especie de Médulas en blanco. Aquí, como en Las Médulas, también llevaron a cabo un sistema de extracción hidráulico, aunque digo yo que desde los romanos algo habrá cambiado (para peor seguro).

Santbathan

Figura 9: Minas de Sant Bathan.

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