Chile, el comienzo de un regreso

Cualquier movimiento que hiciese desde nueva Zelanda sería un acercamiento a casa. El comienzo de una vuelta. En este caso me acerqué unos 9000 km. Pero lo que más he notado no es la cercanía geográfica, sino la cercanía cultural que encontré en Chile. No era consciente de las cosas que podía echar de menos hasta que las he vuelto a ver.

El día más largo

Mi primer día en Chile tuvo 40 horas gracias a la magia de los usos horarios. El día empieza en Nueva Zelanda y acaba en América, así que mi vuelo a través del Pacífico fue también un viaje en el tiempo. Llegué varias horas antes de salir. Menos mal que para reponerme de tanto viaje en el espacio-tiempo Sergio me acogió en su casa. Bendito Couchsurfing y benditos anfitriones.

 Para intentar combatir el Jet Lag me fui a dar un paseíto por la capital chilena. El centro de Santiago tiene calles empedradas, edificios coloniales pero lo mejor que tiene es mucha gente. Gente haciendo vida de calle, gente que se besa, que es efusiva, y sobre todo gente que habla español.

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Figura 1: Esos atardeceres tan bonitos que da la polución. Santiago

No lo sabía, pero todo eso lo echaba de menos. Bueno, el idioma aunque es español lo estoy aprendiendo e introduciendo los miles de modismos que manejan en este país, ¿cachai?

A las 10 de la noche mi vida no daba para más y caí redonda para despertarme 5 horas después totalmente desvelada. Por primera vez en este viaje he sufrido Jet Lag, y me ha costado bastante quitármelo de encima.

Primera parada Santiago de Chile

Mi paso por Chile estaba acotado, 18 días después de aterrizar en Santiago tenía una cita en Lima. Si por algo se caracteriza este país es por ser muy largo, así que en 18 días es casi imposible visitarlo entero. Tome la decisión de ver desde Santiago hacia el norte para ir acercándome a Perú.

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Figura 2: La casa de Up aterrizó en Valpo

Santiago, aunque a la gente no le emociona mucho a mi me gustó. Tiene edificios bonitos en el centro. Un barrio de modernos, y varios parques con cuestas que quitan el aliento, por algo se llaman cerros. Lo que no me gustó tanto es saber que la ciudad está rodeada de montañas y no verlas. La calima/polución es muy intensa (Figura 1).

Pude hablar con varias personas para que me recomendaran que ver y hacer por Chile. Tras hablar con ellas me arrepentí de haber dejado la tienda de campaña a cargo de Antero. En Chile es muy práctico venir con carpa. Desde Santiago se puede hacer una excursión al Cajón del Maipo que tiene muy buena pinta.

Encandilada de Valpo

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Figura 3: Un grafity más

En mi viaje hacia el norte la primera parada fue Valparaiso. A tan solo una horita de Santiago. En un principio iba a ir a pasar el día. Luego pensé que era mejor dormir allí para continuar mi viaje. Tras la primera visual que le hice a la ciudad decidí ampliar una noche más. Finalmente me encandiló y me quedé una tercera. Si no llega a ser por la limitación de días a saber cuánto me quedo en ese sitio.

Valpo me recordó muchísimo a Lisboa. No solo por las cuestas infernales con barrios mirando al mar. Sino más bien por el estilo de la ciudad, esa ciudad con desconchones de ciudad vivida. Valparaiso además es mucho más colorida (Figura 2). Las casas son cada una de un color y además las visten miles de grafitis y murales. La grandísima mayoría de ellos son grafitis de gran calidad (Figuras 3 y 5). Dar un paseo por los cerros es entretenimiento asegurado. Además de todo esto es una ciudad con mucha marcha.

Al ladito de Valpo, a tiro de micro, está Viña del Mar. A la gente le gusta mucho, a mi me pareció algo sosete, pero está muy bien si quieres desconectar un poco de la bulliciosa vecina y descansar en la playa.

Socializando y guarrenado con vino.

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Figura 4. Con mis colegas euskaldunes

Toda la vida social que no he tenido en Australia y Nueva Zelanda debido a mi medio de trasporte la he recuperado en Chile. En el primer albergue que me alojé conocí a unas chicas vascas (Figura 4). Con ellas disfruté las discusiones sobre política regadas con Kalimotxo, esa misma mañana habían descubierto que en Chile también se les ha ocurrido semejante mezcla bajo el nombre de Jote. Su felicidad era aproximada a la que tuve yo el día que descubrí que los chilenos también llaman a los jerséis chalecos, sin importar la presencia de mangas.

 Pude salir de fiesta, a un bar en el que si me hubieran dicho que la encargada de la música era alguna del CBS Rivas me lo hubiera creído perfectamente. Probé el terremoto, aunque el lugar idóneo para tomar esta bebida sea La Piojera en Santiago. Me enteré tarde de esto y ya me lo tomé en Valparaiso. Es una mezcla de Vino tinto, helado de piña y fernet. Suena asqueroso, pero no está mal. El nombre le viene al pelo, al día siguiente notas claramente las consecuencias del desastre.

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Figura 5.

Ha sido todo un descubrimiento esta pareja, la cual me he encontrado en otros lugares y estoy segura que seguiré viendo en el futuro. Yo me siento ya de la cuadrilla.

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