Paseando entre glaciares

Mi paseo por la isla sur de Nueva Zelanda continúa. Tras explorar a fondo el sur y sus fiordos, me dediqué a la vida glaciar. Fui a la costa oeste, donde pude sortear el mal tiempo con una compañía inesperada. Me acerqué a los glaciares, tanto que me subí a uno de ellos y realicé mi primer viaje en helicóptero.

Acercamiento a los glaciares

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Figura 1: Instalación moderna, Bradona

Tras pasar de largo Queenstown puse rumbo a Wanaka. La carretera que une estas dos ciudades es impresionante. A medio camino encontramos Cardona, un pueblo que es conocido por su valla de sostenes (Figura 1). Actualmente la valla se ha cambiado de sitio, pero originalmente estaba en la cuneta de la carretera. Se desconoce el porqué de esta singular instalación, pero ha llevado a mucha controversia y se ha intentado quitar en varias ocasiones. Actualmente, han colocado una hucha para recoger donaciones para la investigación contra el cáncer de mama.

Wanaka es una ciudad con bastante ambiente de veraneo al borde del lago homónimo. Allí estuve cenando con un matrimonio australiano muy simpático que me dio varios consejos para mi caminata del día siguiente. La verdad es que en este país es muy fácil pegar hebra con cualquier persona. Y menos mal, porque todo el día conduciendo sola como para que luego la gente sea una rancia.

Dormí en un sitio clandestino que al día siguiente descubrí que estaba a escasos 100m de un camping. Allí durante la noche dos toros se acercaron a mi coche y se dedicaron a la berrea. Vaya susto me metieron. Aunque era consciente de que, si yo no hacía nada, ellos tampoco, fue un gran alivio comprobar que una valla nos separaba.

Admirando quizás demasiado cerca.

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Figura 2: Descansando con grandes vistas

Después de esa noche toledana me dirigí al Glaciar de Roy. Venden tours para acercarte a este glaciar ya que supuestamente la carretera no es apta para coches normales. Si bien es cierto que hay que atravesar varios charcos bastante grandes, yo creo que si no ha llovido mucho es muy factible con un turismo. Yo los pasé todos sin problema.

Después de una caminata cuesta arriba, pero sin muchas dificultades, llegué a un mirador donde pude admirar el glaciar, esta vez con un sol radiante (Figura 2). Son muy impresionantes. Como no había tenido mucha dificultad, decidí seguir para acercarme más al glaciar. Eso ya fue otro tema. Casi me mato atravesando una chorrera de piedras, tanto a la ida como a la vuelta, pero tuve unas vistas inmejorables.

Tras este acercamiento a la vida glaciar, me dirigí hacia la costa oeste propiamente dicha. Allí se encuentran los dos glaciares más emblemáticos de este país: el glaciar de Fox y el de Franz Josef. Ambos se caracterizan por adentrarse en bosques tropicales, algo que no es muy de glaciares.

Tanta nieve para helarme en otro sitio

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Figura 3: Contenta antes de saber lo que me esperaba,

De camino a estas maravillas pasé por las Blue Pools. Unas piscinas naturales de un azul que parece pintado. El sitio era de cuento y yo quería bañarme (Figura 3). Como sospechaba que el agua iba a estar muy fría me armé de valor y me tiré directamente desde la orilla sin probar el agua. Tras sumergirme en un agua cercana al punto de congelación me puse a nadar como una loca. No sirvió de nada. A mitad de río mis pulmones se hicieron chiquititos y por mucho que intentara respirar no podía. Saqué fuerzas no sé de donde y pude emprender la vuelta a la orilla. Salir de ese río fue todo un alivio. Y eso que en la orilla me esperaban cientos de los animales más odiosos de este país, las sand flies.

Para cuando llegué a los glaciares la meteorología se había puesto en mi contra. Yo tenía reservado un vuelo en helicóptero para subirme al glaciar de Franz Josef y darme una vuelta por él. Esta es una actividad muy cara, y no quería gastarme ese dineral en vano. Pedí que por favor me dejaran hacerlo al día siguiente, que parecía que había mejor pronóstico.

Amigos de carretera

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Figura 4: Richie ante su fuego protegido por mi maravilloso toldo

En la carretera que une Fox con Franz Josef me encontré a un autoestopista. Yo para devolver mi karma autoestopístico, cada vez que me encuentro a uno lo cojo. En este caso recoger a Richie fue todo un acierto. Llovía y no había mucho que hacer, así que él decidió comprar unas cervezas y un vino. Nos fuimos a un camping. Allí tras bebernos todas nuestras provisiones, yo sin haber comido nada desde el desayuno, hicimos una fogata en plena lluvia. Tenía que demostrar todo lo aussie que es haciendo un fuego en las peores condiciones, he de decir que me sorprendió (Figura 4).

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Figura 5: Asegurando el tobogán

Por fin en todo lo alto

El día siguiente amaneció maravilloso y a por mí helicóptero que fui. Este medio de transporte da un poco de mareito. Menos mal que solo eran diez minutos. Tras estos, aterrizamos encima del glaciar de Franz Josef, nos pusimos los crampones y fuimos a dar un paseíto. Pensaba que el andar sobre hielo me iba a costar más, los crampones son un gran invento. Pudimos tirarnos por túneles de hielo que forman el agua y acercarnos a esos bloques de hielo azul. Todo esto con un sol radiante que hacía que los guías fueran en manga corta (Figuras 5-7).

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Figura 6. Grupo bajo el sol radiante

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Figura 7. Con mucho hielo, por favor

Las imágenes hablan por sí solas, pero he de decir que es aún más impresionante.

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