Dejé Asia a mis espaldas para descubrir otro nuevo continente, Oceanía. En este viaje no hay un plan determinado; sin plan es imposible fallar. Pero si no hubiera llegado a Sidney me hubiera sentido decepcionada.

Figura 1: Bea y Gonzalo preparando una barbacoa en su balccón
Un vuelo lleno de gente de vuelta de sus vacaciones me llevó de Bali a Sidney sin parar. Una vez allí tenía unas instrucciones muy detalladas para llegar a la casa que ha sido mi hogar durante 20 días, que se dicen pronto. Si no me hubiera quedado dormida en el autobús llegar habría sido más fácil, pero así hice una llegada muy mía.
Las ganas que tenia de llegar a Australia no eran otras que las que te entran al saber que tienes una oportunidad que no sabes si se va a repetir. A todos los países que he visitado podría volver sin muchos problemas, pero Australia es otra cosa. Se une la carura que es este país con la carura que es llegar a él. Además del tiempo que te lleva.
Un laboratorio donde no se pone el sol. Visitando a Bea
Quería venir aquí y quería poder reencontrame con los que aquí viven. Por un lado, están a Bea y Gonzalo (Figura 1). A Bea en concreto no la veía desde su cena de despedida, una noche de Julio en Lavapiés nada más y nada menos que en 2013.

Figura 2. Cacatuas esperando docilmente a Gonzalo
Ellos son los que me han acogido en su hogar y me han cuidado, adoptándome casi que literalmente.
Me han introducido en la comunidad española de Sidney. He podido visitar el laboratorio de Bea y emocionarme junto a ella con la belleza de sus células. Me han enseñado lo bien que se vive en esta ciudad y porque la gente se queda. He podido reiterar la poca coordinación que tengo jugando al futbolín. Para hacer patria tiene uno en el salón. Gonzalo me ha enseñado sus dotes de Blancanieves llamando a los pájaros desde el balcón (Figura 2). Bea me ha mostrado lo frustrante que es intentar salir de marcha y el estilo tan británico que tiene aquí para algunas cosas.
De vuelta al Camino. Visitando a Jessica

Figura 3. Con Jessica de caminata
Por otro lado, en esta misma ciudad vive Jessica (Figura 3). Ella es oriunda de Adelaide y la conocí haciendo el camino de Santiago (al año siguiente de despedirme de Bea y Gonzalo). Nos conocimos el primer día y desde entonces hicimos todo el camino juntas, con todo lo que eso conlleva. Aunque solo hayamos pasado juntas 15 días de nuestras vidas tenemos unos lazos forjados por la cura de ampollas, que da lugar tipo de amistad especial.
De ella aprendí que perfectamente se puede salir un día de casa sin ir muy preparado y conocer mundo. Esto ha hecho que emprender este viaje no me diera tanto miedo. Ella ahora dice que mi viaje la inspira para coger las cosas y empezar ella otro. Así que así andamos en una ruleta viajera.

Figura 4. Playa de la acampada clandestina
Para rememorar nuestros momentos del camino de Santiago nos fuimos juntas a hacer una ruta: “El coastal track” en el “Royal National Park”. Es una ruta de dos días por la costa, como su nombre indica. Se ven muchos lugares emblemáticos como la Figura 8, que no es mi manera de enseñaros una foto sino como se llama el lugar, o el pastel de bodas. Está montada de tal manera que el lugar de acampada no está centrado sino que un día se hacen 8 km y al siguiente unos 24. Así que nosotras decidimos saltarnos a la torera lo del lugar de acampada e ir un poco más allá y acampar clandestinamente (Figura 4).
Para dormir contábamos con una tienda de Jessica, la cual cuando ya teníamos montada me dijo que no era muy resistente al agua, pero que había mirado el tiempo y que solo había un 20% de probabilidades de lluvia. Ella pensaba que eso era poco. Cuando nos metimos en la tienda el cielo se iluminada cada minuto por los rayos, y mientras ya cerraba el ojo para caer en los brazos de Morfeo empecé a escuchar el sonido de las gotas sobre la tienda. Me di la vuelta, miré a Jessica y empecé a reirme… Ahí estaba el 20% sobre nuestras cabezas. Al final no pasó nada grabe, la tienda resiste algo de agua y afortunadamente llovió muy poquito.
El Sidney normal
En Sidney basicamente he descansado de viajar, porque de todo se cansa uno. Así que me he dedicado a hacer la compra, hacer comida, ir nadar, darme paseos… La sensación que he tenido es la de los días esos en los que tú tienes festivo, pero nadie más los tiene (tipo San Alberto Magno, que gran festividad).

Figura 5. Opera con puente al fondo
Aunque por supuesto que he visto la Opera (Figura 5). Muy bonita por cierto, y ahí sigue en pie desde los 80, sin problemas. Ya podría aprender Calatraba. He hecho el paseo de Coogie a Bondi Beach. Que de playas tiene esta ciudad y que bien montadas están. He ido a las Blue Montains. Con un muchacho chino, he visto las 3 hermanas y he subido y bajado más escaleras que cuando te pierdes en el corteingles de la castellana (yo creo que lo ha diseñado Escher). Me he ido de mercadillos, y en el de Gleve me he comprado un sombrero preciosísimo “made in Australia” por 2$ ( Figura 3). Pero sobre todo lo que he hecho, y por eso me ha gustado tanto, es vida.
El Sidney vivido
Me he hecho asidua de “El Corridor” donde aprovecho mejor que nadie la Happy Hour. He intentado ir a nadar todos los días y superar mi marca. Hay una fuerza superior que me lo ha impedido poniendome todo tipo de trabas cada día. He descubierto el “No ligths, no lycra”. Un sitio al que se va a bailar como un enajenado, no hay luces y nadie te ve haciendo el mongolo o lo mal que bailas, así que no hay razón para cortarse. He ido a la fiesta de la cooperativa de Stucco. Donde todo el mundo estaba enajenado y le daba igual que los vieran bailando como mongolos. Creo que van demasiado al “No lights, no lycra” y ya no disciernen cuando hay luz y cuando no. He comido varias barbacoas, porque si no es como si no estuvieras en este país (Figura 1).
Solo me falta ir a la peluquería/bar. Un lugar en el que van mujeres muy estupendas a que las peinen mientras toman copas de vino. Todo esto a las 9 de la mañana, lo que da una idea del grado de alcoholismo de esta sociedad.
He descansado muchísimo, y me lo he pasado muy bien. Llegó un momento en el que pensé que nunca iba a poder moverme de esa ciudad. Pero tras un esfuerzo sobrehumano he conseguido salir de allí. No podía irme de Australia sin verla al menos un poquito, así que me fui hacia el sur. No lo sabía, pero en Adelaide encontré lo que necesitaba para darle más vidilla a este viaje.
