Australian Road Trip (I). The great ocean road.

Estaba en Adelaida y con un coche “nuevo”. Con los nervios típicos que entran cuando decides atravesarte un país inmenso y despoblado con un coche a pedales y conduciendo por el otro lado, emprendí mi aventura.

Me monté en mi nueva adquisición, Barossa, primera parada: el supermercado. Me compré lo necesario para sobrevivir los primeros días de acampada, lo único que me faltaba era un cazo.

La primera en la frente

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Ejemplo de playa con focas al fondo que me estaban esperando mientras mi coche decidía morir

En un momento de atasco pasé al lado de otro supermercado y me paré en busca de mi cazo. Entré rápida y veloz, y salí igual que entré, porque no había. Me monto en mi coche y veo que me había dejado las luces puestas. MIERDA, pero bueno, sólo he tardado dos minutos. Ilusa de mí, este coche tiene una bateria similar a una pila de petaca. Fui a arrancar el coche y nada.

Sin saber qué hacer, escribí a Laurent (mi anfritiona en Adelaida) y le conté mi vida. Ella me explicó que lo que tenía que hacer era buscar a alguien que tuviera pinzas (y cómo se dice eso en inglés).

Muy dispuesta, fui por todo el aparcamiento buscando a alguien para que me ayudara. La gente era de lo mas variado: desde el hombre que aun sabiendo que no las tiene vuelve a mirar por si acaso, hasta la mujer que mientras me mira sonriente me cierra el pestillo en la cara como si yo, con mi lagrimita de impotencia asomandome en los ojos, le fuera a agredir o algo.

Ante la duda el mas kinki

En esta búsqueda he aprendido que cuanto más pinta de gorrilla chungo tenga alguien, más te ayuda. Primero, fue un grupo de tres gorrillas que al escuchar mis problemas vinieron a ofrecerme su ayuda, “eso lo empujamos y ya”-me dijeron. Yo, que no he procedido con esa maniobra nunca, pero he visto «Pequeña Miss Sunshine» dejé al mando de la operación a uno de los gorrillas. Lo empujamos para adelante y para detrás y nada, la batería estaba demasiado agotada. Luego me abrieron el capó y bajo mi estupefacta mirada lo toquetearon todo. Me dijeron que claro, que la batería tenía poco líquido, que le echara agua destilada, pero destilada ¿eh?, no del grifo sino destilada. Uno de los gorrillas no era tal, sino mecánico.

Ahí me quedé sin gorrillas y sin batería vagando por un parking lleno de gente sin pinzas. En mi ronda de preguntas llegué a nuestro segundo kinki. Éste siempre llevaba pinzas, pero se las había dejado. Fuimos juntos a tres tiendas diferentes para comprar unas baratas, pero nada, no hubo suerte. Él tenía que irse y le daba cosa dejarme así. Cogió su coche bogan (que ahora diferencio muy bien) y lo aparcó al lado del mío, con unos alicates quitó mi batería, conectó la suya, arrancó el coche y cambió la batería de nuevo con el coche en marcha. Yo mientras, miraba con la boca abierta. Me dijo que comprara agua, pero destilada, no cualquiera, sino destilada, y que dejara el coche en marcha un rato para que se cargara la batería.

Yo soy muy de que se me calen los coches, así que cada vez que arrancaba parecía la salida de la Pole. Tuvieron que pasar unos 200 km antes de decidir que eso era suficiente antes de parar el motor.

Otra cosa no, pero vaticino que voy a aprender algo de mecánica. Ahora tengo mis propias pinzas.

Acampando sin recursos

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Figura 1. Sistemas de acampada iguales

Estuve conduciendo y viendo playitas. En un momento dado pensé en establecerme. En una playa donde había dos furgonetas más me instalé.

Yo he venido a este país pensando que iba a ser verano, pero está visto que aquí no se han enterado. Hacía un frío muy increíble. Eso unido a que el suelo estaba lleno de piedras y que era la primera vez en mi vida que iba a hacer acampada libre y sola, decidí que yo dormía dentro del coche. Rodeada de gente bien preparada, yo plegué los asientos de atrás y con mi saco me hice un ovillito y allí dormí (Figura 1).

Que frío por Dios. Tuve que levantarme dos veces a añadir capas a mi “pijama”. Ni por esas. Me levanté arrecía sin un triste fuego ni cazo donde calentarme agua. Cuando se despertaron mis vecinos los preparados, les pedí con cara de pena agua caliente. Pero hasta que no fue medio día no pude empezar a deshacerme de mi vestimenta cebollera.

La parte más popular de este camino es la que discurre por Victoria, pero la verdad es que la parte de Australia Meridional es muy bonita también y se pueden visitar unas cuevas con un guía muy apañado (figura 2)

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Figura 2. Cuevas en Naracoorte

Animales vivos

En todo el tiempo que llevo en Australia todavía no había visto vivo ninguno de los animales típicos de aquí. Muertos sí, están las cunetas llenas. Fue cruzar la frontera con Victoria y encontrarme dos emús gigantescos.

Para mi segunda noche, decidí buscar una zona de acampada en el Glenelg National Park. Cuando llegué allí descubrí que había que reservar sitio y pagar una cuota por quedarse en el parque. Lo “malo” es que para cuando encuentras el cartel hace más de media hora que no tienes cobertura, así que con esa excusa me quedé allí gratuitamente.

A la entrada del parque un grupo de tres canguros estaban esperándome. Todo era emoción tras emoción.

Ya había conseguido un cazo y me puse a hacerme la cena. Cuando cayó la noche eso se convirtió en un festival, aparecieron possums por todas partes y más canguros. Aquí los animales no se asustan de ti, los puedes enfocar con una linterna que les quema la retina y ahí siguen tan panchos. Un possum me intentó robar comida, cuando lo encontré comiéndose mi pan no le dio ninguna vergüenza y tuve que arrancárselo de las manos para recuperarlo.

En vista de esta fauna salvaje y descarada y de mi acampada clandestina, otra vez dormí en el coche,  esta vez abrigada desde el principio.

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Figura 3. Vista tipica de the great ocean road

The great ocean road

En Australia a lo que es bonito e interesante de ver le plantifican un great delante. Así es muy fácil identificarlo.

The great ocean road es la carretera que va por la costa de Victoria desde la frontera con Australia Meridional hasta Geelong, muy cerca de Melbourne. El camino está muy bien, pasas por muchos pueblecitos y tienes muchos sitios donde parar a ver los acantilados y la playa.

Uno de los puntos más conocidos se llama «los doce apóstoles». Eran doce farallones, ahora se han caído unos cuantos y quedan unos siete, y es la imagen típica de este camino. Yo me salté la salida para ver eso, pero no me di cuenta hasta muy tarde, así que ni di la vuelta ni nada. Aun habiéndome saltado el hito más importante, me encantó todo lo que vi en la carretera (Figura 3).

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Figura 4. ¡Koalas!

Para la última noche tenía reservado un lugar especial. Fui al cabo Otway donde, según la Lonely Planet, puedes acampar con koalas. Yo últimamente he perdido un poco la fe en esa guía, desde que ve esmeralda el marrón. Pero aquí llevaba razón. Fui a otro lugar de acampada donde tampoco había cobertura para reservar. Aquí sí que plantifiqué mi tienda debajo de unos árboles donde unos koalas comían eucalipto apaciblemente (Figura 4). Un lugar precioso y muy animado.

Acabé mi camino en Geelong, donde un muchacho me ofreció su hogar para pasar la noche. Lo que mas agradeci fue la ducha, la verdad.

Tras estas experiencias de acampada, me he hecho con un set de tres cajas de cartón para aislarme del suelo. Ya voy subiendo de categoría.

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