Luchando contra la naturaleza

Para coger fuerzas y enfrentarme a Tokio, decidí pasar unos días en un ambiente más campestre.

Hoy os relataré cómo luché contra las fuerzas de la naturaleza en Japón, enfrentándome a un tifón en Matsumoto (prefectura de Nagano) y a la falta de oxígeno en la cumbre del Monte Fuji.

Música épica AQUÍ

Cuando todavía estaba en Osaka, mis ángeles de la guarda (EZ, que ya conocéis y Mami, de la que os hablaré hoy) me empezaron a advertir de la inminente llegada de un tifón a las costas de Japón. Que tuviera cuidado (Ki o tsukete!!).

De Rodríguez en Matsumoto.

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Figura 1: Castillo de Matsumoto, no desde mi ventana

Escogí dirigirme a Matsumoto, en el centro de Japón y rodeado de montañas, el mejor sitio para estar cuando viene un tifón. Resultó que Mami, una chica que conocí en un albergue de Takamatsu, vive cerca de allí. Ella muy amablemente me ayudó a encontrar alojamiento en un sitio en el que ella a veces trabajaba. El albergue es una casa típica japonesa, con unos cuantos años, y mi habitación tenía unas preciosas vistas al castillo de la ciudad (Figura 1).

Lo más interesante de Matsumoto son los alrededores, se pueden hacer muchas excursiones, es el lugar más frío de Japón y en invierno cuenta con muchas pistas de esquí. Y allí viven esos simpáticos monos que toman baños de agua caliente rodeados de nieve y cualquiera que haya dormido la siesta viendo La 2 conoce. La región es muy bonita y fresca (cosa que agradecí muchísimo). El problema residía básicamente en que si hay un tifón no es el mejor momento para hacer excursiones por el campo.

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Figura 2: Mami y yo en su pueblo.

El tifón es de las cosas que mejor me han venido de mi estancia en Japón. Resultó que la primera noche que pasé en el albergue yo era la única huésped. Así que cuando me desperté por la mañana, no había nadie, nadie de la recepción ni nadie más alojado. Por lo que tenía toda una casa para mi sola.

Cuando llevas más de 20 días compartiendo habitación y suelo con gente, hay momentos en los que necesitas esto. Además, fuera estaba lloviendo… mucho, por lo que estaba obligada a quedarme en casa. Que alegría andar en pijama con la música puesta. Hacerme un desayuno de esos que no se acaban nunca y vaguear entre tatamis. Esa mañana me dio la vida.

Luego por la tarde escampó. Los japoneses son unos exagerados, el temido tifón resultó ser simple lluvia, sin viento ni nada. He visto cosas mucho peores y el hombre del tiempo decir que iba a hacer bueno.

Cuando paró de llover cogí el tren y fui a visitar a Mami a su pueblo, Kiso-Fukushima (que nada tiene que ver con la Fukushima radiactiva; Figura 2). Ella me enseño todos los alrededores en coche. Su pueblo es muy bonito, con muchas casas tradicionales y un onsen para pies con unas piedras para hacer reflexología podal. Allí probé helado de maíz (una cosa muy curiosa inventada allí) y los famosos fideos soba, que se comen por todo Japón pero que de allí son los buenos.

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Figura 3: Libreria por fuera (derecha) y por dentro (izquierda).

Matsumoto me encantó, no solo por mis momentos de rodríguez sino porque es muy bonito y se come muy bien. Cuenta con esta librería de viejo (Figura 3) que fue el motivo por el que encontré este pueblo. Además, tiene un maravilloso plus: es el sitio de Japón donde encontré fruta a un precio que no me dolía demasiado pagar. De allí son famosas las uvas y las manzanas; y a mí, que ya estaba rozando la avitaminosis, me parecieron venidas del cielo (sobre todo las uvas).

Quien me manda a mi hacer esto. Subiendo al Fuji.

Tras este merecido descanso posible gracias a la fenomenología meteorológica, dirigí mis pasos hacia Fujinomiya, el pueblo mas cercano al monte Fuji.

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Figura 4: Evolución de mis sentimientos durante el ascenso.

Decidí ir allí sólo para ver el Fuji. Llevaba ya más de un mes en Japón y ni rastro de la montaña que supuestamente domina todo. Si la montaña no viene a mí, tendré que ir yo a ella. Alguien (que espero que lea estas letras) me recomendó en su día que subiese al Fuji, que es toda una experiencia sobre todo por ver a los japoneses en dicha actividad. Yo pensaba que no me iba a dar tiempo ya que al día siguiente ocurría algo trágico: se me acababa el JR pass y tenía que llegar a Tokio. Yo me conformaba con ver la montaña, pero al llegar al albergue, el señor que lo regenta, me hizo un planning mostrandome que tenía tiempo para todo. Así que sin mentalizarme ni nada, al día siguiente emprendí mi marcha. Me acorodé mucho de los consejos sobre subir el Fuji (¡¡¡MUCHO!!!) y de Amelie Nothomb y su relato sobre su ascenso a esta montaña sagrada (Figura 4).

A las 6:30 estaba yo preparada en la estación 5 (2.500 m de altitud). Durante media hora estuve por ahí dando vueltas para que el cuerpo se me aclimatara y a las 7 empecé el ascenso.

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Figura 5:  Sonrisa falsa en la estación 9. Estaba sufriendo mucho.

Subía yo contenta y feliz, mirando con condescendencia a los que se compraban botellitas de oxigeno comprimido (¡que mariquitas!). Estación 6, estación 7, yo como una rosa pensando, “¡ah! pues esto está muy bien, creo que voy a tardar menos de lo previsto” (INCOSCIENTE). Antigua estación 7 (3.100 m de altitud): “¡Uish! pues sí que parece que estoy más cansada de la cuenta, bueno voy a ir despacito”. A partir de aquí me empecé a sentir como si tuviera 180 años más. Cuando llegué a la estación 9 iba ya boqueando como un pececillo fuera del agua y tenía severos retortijones (Figura 5). Creo que además me quedé dormida y todo cuando me senté (cosa rarísima en mí). En la estación 9,5 (la ultima y muy muy cerca de la cumbre) iba a abandonar. Yo sólo pensaba: “creo que tengo una tensión de 2-4 y qué hago yo aquí, y a mí qué me importa esta montaña”, “vergüenza subir ésta y no el Teide” (¡SNOB!). Así como: “voy a matar a la de la feliz idea de ‘Sí, sube el Fuji que está muy bien’”. Tras estar como una media hora en la estación 9,5 me dije, “no seas tonta ya que estás aquí, subes”.

Aunque tuve que hacer el último tramo parándome cada 10 m, lo conseguí e hice una cosa de la que me siento muy orgullosa. Los japoneses tan limpios y cívicos que son ellos han provisto a semejante montaña de numerosos cuartos de baño, así que cuando llegué a la cima me dirigí a uno de ellos directamente. Todos los retortijones que venía sintiendo desde la altitud 3000 habían pasado factura. Así que ahora puedo decir que cuando coroné el Fuji, cagué en su cima, y me quedé taaaaan a gusto. Además, he de contar que el váter de allí es de lo más curioso. Si miras dentro no ves el fín. Yo creo que comunica con el cráter y todo va a parar al centro de la Tierra donde se incinera (Figura 6).

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Figura 6: Ahí está mi caca.

Ahora siento que esa montaña es mía: la subí y la marqué. Casi no lo cuento, pero mira, sobreviví; y seguro que si alguien me pregunta “Oye ¿me recomiendas subir el Fuji?” yo le voy a contestar “Claro, es toda una experiencia” jejejeje.

8 Comments:

  1. Me ha encantado Mer!!!! De verdad que he sentido esos retortijones contigo.
    Todo el mundo que llega a la cima caga? Por eso lo de los wateres? Buenisimo

  2. Jajajajajaja, que bueno por favor! Igual los váter están puestos porque tienen la costumbre de plantar pinos al llegar a la cima. A mi no se me ocurrer mejor manera de coronar un monte!

  3. es que el tifón no te cogió de lleno, solo la colita. Si te llega a coger de lleno te ibas a enterar de lo que vale un peine.

  4. Es que to te cogió el tifon de lleno, solo la colita. Si te llega a coger de lleno te ibas a enterar.

    Viste los monos?

  5. El informático en las sombras

    ¡Genial! No hay entrada con la que no me ría jajaja Es muy de chupipandi ir cagando por ahí.
    Me encantan los cacaderos infinitos, puedes escribir una versión de “viaje al centro de la Tierra” xD

  6. !!!!Me encantas Mer!!!! Me has alegrado la mañana con tu post

  7. jajaja perfecta coronación de un monte! Me he reido casi tanto como con el ciervo-come-mapas XD XD
    Sigue disfrutando mucho de tu viaje y generando anécdotas tan divertidas!!

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