Tasmania. Diario de Bicicleta (III): Hasta el coño.

Pensé que no podía y me superé. Subí y bajé montañas. Arrastré mis alforjas por media Tasmania, pero llegó un momento en el que quise tirar la bici por el primer acantilado. Una mezcla de hormonas, falta de ducha, cansancio generalizado y no haber seguido el consejo de Douglas de patear cada mañana a la bici, me llevó hasta el límite de mi paciencia. A partir del séptimo día estaba hasta el mismísimo. Por algo Dios descansó.

Día 8: Maria Island

Tras mi desayuno ofrecido por las amables familias del camping de Swansea, me puse en marcha hacia Tribuna. Desde allí se cogen los ferrys para ir a Maria Island. Esta isla es toda ella un parque natural y es el lugar más adecuado para ver demonios de Tasmania en el lado este.

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Figura 1: Painted Cliffs, de camino al camping

La población de estos animales se ha visto muy afectada por una infección que les deforma la cara y acaban muriendo, así casi toda la población del lado este desapareció. Según me han contado, cogieron animales del lado oeste y los llevaron a Maria Island para reestablecer la población, donde además han hecho estudios para poder combatir dicha infección. Parece ser que han encontrado una vacuna y ahora están en vías de reinsertar a los demonios en el lado este de Tasmania.

Además del emblemático demonio, en esta isla campan a sus anchas todo tipo de animales. No quería perderme la oportunidad de ver a todos estos bichos en su hábitat más salvaje y hacia allí que me fui. En este lugar encontramos varios sitios de acampada, uno al lado de donde te deja el ferrry, de pago, y otros dos a 12km. Tras el desembolso del ferry (45$) y la cuota del parque (creo que 12$), por supuesto, fui al gratuito.

El camino hasta el camping es muy bonito (Figura 1), pero también tiene varias zonas donde todo es arena. Ir por un camino de arena con una bici de ruedas normales y cargada con a saber cuántos kilos en las alforjas es, en general, una mierda. Las ruedas se entierran y eso no hay quien lo mueva, cuando no hay una curva y patina. Esta sucesión de hechos, unidos a mi estado anímico, desembocó en que enfadada y cansada de todo tirara la bici contra el suelo y me pusiera a darle patadas mientras gritaba como una enajenada. Puede sonar exagerado, pero es pura descripción de la situación.

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Figura 2. Equidna perfectamente escondido y camuflado

Tuve mucha suerte y no me desgracié ningún pie en este acceso de violencia. Cuando ya me calmé, cogí de nuevo la bici refunfuñando y a escasos cinco metros me encontré un equidna (Figura 2). El equidna hizo que se me pasase todo el mosqueo. ¡Qué mono! y ¡qué adorable!, además gigantesco, podía medir perfectamente medio metro. Intentó esconderse de mí con la técnica infalible de esconder la cara y dejar toda la inmensidad de su cuerpo fuera.

Llegué al camping, pretendía darme un paseo, pero lo descarté al primer segundo. Decidí ir a visitar a mis vecinas. En Maria Island me enconré con María, una muchacha de Lebrija que llevaba meses sin ver a un español. Nos fuimos a la playa junto con su compañera de viaje, a ver si conseguíamos pescar algo. En mis clases de verdadera acampada aussie me habían enseñado que siempre hay que ir con anzuelo y sedal para procurarte la cena. Y así hicimos.

Mientras hacíamos el paripé de la pesca, apareció un muchacho tasmano que había pescado cuatro calamares. Claramente le dimos pena y decidimos que mejor hacíamos una cena comunitaria en el camping y que cada uno llevara algo. La pesca fue fructífera puesto que catamos unos calamares estupendos.

María me enseñó a hacer una fogata y ahí hice un risotto de lo más digno en vista de las circunstancias, hasta unos italianos le dieron el visto bueno.

Comimos en condiciones, bebimos en consonancia y todo mi cabreo con la bici desapareció. Al caer la noche fui en busca del demonio. Para poder cazarlos in fraganti hace falta una linterna un poquito mejor que la mía. Escuché su llamada demoníaca pero no pude verles la cara. Me contento con mi equidna, los wombats, walabies, possums y canguros que nos acompañaron en nuestra velada.

Día 9: Tramposilla…

Lo ideal hubiera sido quedarme un dia más en este lugar y descansar. Pero yo había alquilado la bici por diez días y ya iba tarde. Así que, como la prisa apremiaba, me fui de Maria Island después de pasearme por sus acantilados (Figura 3).

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Figura 3. Bishop and Clerk Cliffs. Acantilados muy bonitos al norte de Maria Island

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Figura 4. Cartucho de Fish and Chips con gaviotas al acecho.

Mi estado de hasta el mismísimo continuaba, aunque algo atenuado tras la noche distendida. Volví a Tribuna. Tribuna no tiene mucho de especial, pero tiene el mejor Fish & Chips de la vida (Figura 4). Comí allí a la ida y a la vuelta. Está en el puerto y no engaña, porque todos los pescadores comen allí.

Este día hice trampas. Estaba muy harta, al día siguiente iba a haber cuestas nuevamente y no quería sobrecargar mi rodilla. Eso era totalmente una excusa barata, básicamente estaba harta de la bici. Me dediqué al autostop. A los quince minutos de estar en esta tarea, un amable señor subió la bici a la pick up y me llevó hasta el siguiente pueblo, a 17km de allí.

Día 10: Richmond

Desayuné en condiciones y puse rumbo a Richmond. Supuestamente, ese día yo ya debería estar devolviendo la bici, pero tenía serias dudas de que Douglas se acordara de que día la había alquilado, así que decidí hacerme la loca. Total, sólo iba a llegar un día tarde a Hobart.

Las cuestas las tengo ya controladas, el viento en contra, no tanto. Pero superé la etapa como una campeona y llegué a Richmond. Richmond es el pueblo más bonito que he visto en toda Australia. Los convictos se esmeraron mucho en la construcción de este lugar. Casas y puentes de piedra, una iglesia muy mona. Un estilo de lo más europeo, y todo muy bien conservado, básicamente porque es más nuevo (No hay figura porque aunque es precioso, no sé porqué no hice ninguna foto).

La gente de allí es un encanto, como en Tasmania en general. Cené con unos autóctonos muy simpáticos que le dieron el visto bueno a mi acampada ilegal.

Día 11: Por fin

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Figura 5. Bienvenida a Hobart. Por fin me bajo de la bici.

Fui a desayunar tranquilamente y en la cafetería coincidí con un señor muy interesante. Él es de Hobart, pero va todos los domingos a desayunar allí después de pasarse por el MONA (un museo de Hobart del que os hablaré en la próxima entrada). Hablamos de arte, de la ruta más adecuada para ir a Hobart, de la historia de Australia, de la importancia de los convictos, de política… vamos, una tertulia de lo más nutrida.

Ese día por fin llegué a Hobart, mi destino (Figura 5). Me di la ducha que me merecía, (recordemos que no me duchaba desde Bicheno). Qué gusto más gustoso es cubrir las necesidades básicas, qué suave, qué limpia, qué fresca. No tengo adjetivos suficientes para describir lo bien que me sentí tras esa ducha.

Acabé la peregrinación, sólo me arrepiento de no haberme tomado un día de descanso. He sufrido y mucho, pero también lo he conseguido. Al igual que los peregrinos vuelven de Santiago con su vieira para demostrar que llegaron, yo me he ganado la concha de Abalone tras pedalear estos 580km (Figura 6).

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Figura 6. Mi bien merecida concha

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